martes, 28 de junio de 2011

30 de junio: ¿qué festejar? Estamos enfermos de impunidad / Por Marcelo Colussi


30 de junio: ¿qué festejar?
Estamos enfermos de impunidad

La ley no siempre es justa. 2,500 años atrás el sofista Trasímaco de Calcedonia, en la Grecia clásica, la definía como “lo que conviene al más fuerte”. La ley es un ordenamiento que se hace desde el poder: el que manda pone las reglas, así de simple. Dos milenios y medio después de intuida esa verdad por el pensador griego, las cosas siguen siendo igual. ¿Acaso las leyes benefician a todo el colectivo por igual? Obviamente: no.


Las leyes son ordenamientos. Ayudan a vivir en tanto organizan la realidad social, la norman, le dan forma. Pero de ningún modo son, por fuerza, justas y equitativas. Hoy día, por ejemplo, la tierra, o el agua, tienen dueño, en tanto existe la propiedad privada. Eso es ley. No es natural, es una “invención” humana. Hay que respetar la ley…, aunque ahí retorna lo dicho por Trasímaco: ¿es justa? ¿O es lo que conviene al más fuerte?
Ahora bien: más allá de lo justo o injusto de una ley, para que una sociedad pueda funcionar, debe respetar medianamente el conjunto de normativas con se rige. Si no lo hace, estamos en la anarquía. O, peor aún: en Guatemala. Es decir: ¡en la más cruda impunidad!
¿Qué define a la sociedad guatemalteca? Sin dudas: la impunidad.
El 30 de junio no es cualquier día; para algunos es el “Día del Ejército”, un día feriado más en que no se trabaja (¡y qué bueno si sirve para feriado largo!), o un día de festejo de la institución que salvó al país de la “caída en el comunismo”, según se lo quiera ver. O también, como otra posible lectura: un día para seguir manteniendo viva la memoria de lo recientemente acontecido, para exigir juicio y castigo a los responsables del genocidio vivido.
Ahora bien: ¿por qué exigirlo ese día? ¿Qué tiene de particular esa fecha? Sin dudas es un momento emblemático, en tanto fue el ejército, como institución del Estado guatemalteco, el responsable de una terrible política represiva que costó la vida de casi un cuarto de millón de personas, y que sirvió en definitiva para que nada cambie en el país. Exigir el fin de la impunidad castigando a los ejecutores de ese baño de sangre podría tener un efecto saludable en la sociedad: significaría mostrar que todos estamos sujetos a la ley, que no se puede funcionar al margen de ella. En ese sentido el Estado, como instancia que cobija y protege a todos los ciudadanos por igual (al menos en su declaración oficial), no podría nunca –tal como sucedió– ser usado para desarrollar una guerra sucia empleando métodos ilegales. Pero queda una pregunta más de fondo: ¿por qué sucedió lo que sucedió en la guerra? ¿Por qué esas cotas de impunidad tan grandes? ¿Por qué en Guatemala, en el marco de la guerra contrainsurgente similar a la de cualquier otro país latinoamericano, pudo llegarse al genocidio y no hubo después de ello ningún responsable, ningún castigado? (salvo chivos expiatorios menores: algún patrullero de autodefensa civil, algún oficial del ejército de baja categoría, algún agente de policía). ¿Por qué en Guatemala no pudo prosperar ningún juicio por crímenes de lesa humanidad? Ahí es donde cobra sentido el título del presente texto: ¡estamos enfermos de impunidad!
Nuestra sociedad desde hace siglos se viene edificando sobre la base de la más absoluta impunidad. El racismo que la cruza de lado a lado es una patética demostración de ello. ¿Cómo es posible, si no, que un ladino de escasos recursos llegue a decir, sin ninguna vergüenza, que es “pobre pero no indio”? La sociedad se construyó, ya desde la colonia y legalizándose completamente a partir del período republicano, como gran Estado-finca, donde el que manda, el que está en el vértice superior de la estructura de poder, es intocable, absoluto, hace lo que quiere sin consecuencias. ¿Cómo sería posible, si no fuera por esta cultura de sometimiento, que interpelados por alguien respondamos “¿qué manda?” para darnos a entender? ¿Cultura del servilismo?
La impunidad no es sólo la libertad de quienes delinquen. Es esa falta de respeto a la ley que marca toda nuestra historia, nuestras instituciones, nuestra cultura. Las leyes no están hechas para ser justas y hacer felices a la totalidad del colectivo social; pero mal o bien, organizan a ese colectivo. ¿Qué pasa cuando la ley no existe, o es tan débil como lo que vemos a diario? ¡El genocidio! Pero no sólo eso: la vida en su conjunto pasa a ser el primado de la fuerza, de la arbitrariedad. Se impone el que tiene más guaruras. ¡Y punto! Y si alguien osara discutirlo: ¡plomazos! Total… nada va pasar después…
Una sociedad que se edifica sobre la impunidad puede dar como resultado lo que es nuestra historia: la imposición violenta del más fuerte sobre el más débil de un modo descarnado. El machismo o el racismo imperantes, por ejemplo: ¿podrían tener la fuerza bestial que tienen si no fuera por una impunidad de base que los posibilita? Recién después de firmados los Acuerdos de Paz en 1996, algunos años más tarde se derogó la ley que permitía que el varón violador de una menor quedara libre de toda responsabilidad penal si la mujer ofendida se casaba con él. Esto sólo para poner un ejemplo. O, para graficarlo de otro modo: las fincas que antes de 1944 se vendían con “indios incluidos” no cambiaron sustancialmente luego de esa histórica firma. ¿Qué nos mostró el accidente de unos meses atrás con 20 muertos cuando un camión sobrecargado de “indios” era transportado a los cortes de café en la Costa Sur? Que la impunidad sigue siendo lo dominante. ¿Hubo responsables acaso en esa tragedia? ¿Se difundió como se debía la noticia? O más aún: ¿se permitió que alce la voz sobre el asunto alguna institución defensora de los derechos indígenas?
Entonces, y para tratar de sintetizar lo que queremos transmitir: la represión contrainsurgente que se abatió sobre el país las pasadas décadas fue la expresión –patéticamente sangrienta por cierto– de la impunidad que marca la historia de las relaciones sociales en Guatemala. Si era ley que el finquero pudiera ir armado en su territorio y disponer de la vida de sus mozos si “molestaban” con absoluta legalidad durante la presidencia de Jorge Ubico, o si fue un hecho “consuetudinario” el derecho de pernada del señor finquero durante siglos (no desaparecido del todo hoy), ¿cómo no ver como lo más lógico que el Estado reaccionara como lo hizo –ejército de por medio– en su guerra contra un intento de transformación? ¿Por qué los Acuerdos de Paz nunca fueron tenidos en consideración para la formulación de políticas públicas? ¿Y qué pasó con el castigo a los crímenes de guerra? Simplemente: nada. La impunidad ha sido y sigue siendo la marca distintiva.
La impunidad está metida a sangre y fuego en la cultura dominante, en la cotidianeidad, en todas las relaciones. El genocidio fue su más brutal expresión, pero esa cultura está arraigada. ¿Por qué, si no, una enorme cantidad de licencias de conducir son “pisteadas” sin que eso preocupe a nadie? ¿O cómo, si no, se podría llegar al colmo que el mismo Estado reconozca que el 98% de los crímenes quedan sin resolver? Porque la impunidad está consolidada desde siglos, el Estado masacró a población civil no combatiente –financiado con los mismos impuestos que esa gente pagaba– y no hay un solo responsable de ese crimen. ¿Quién va a pagar por el genocidio? Como van las cosas, parece que nadie. Y un cheque –bastante raquítico, dicho sea de paso– que se otorga a los familiares de las víctimas de la guerra no alcanza para superar tanta destrucción. ¿Ratifica la impunidad incluso?
La impunidad campea victoriosa en todos los ámbitos: la carga tributaria es la más baja en América Latina, y no hay consecuencias por ello; cualquier conductor de vehículo huye tranquilamente si atropella a un peatón, o cualquier varón orina despreocupado en el medio de la calle, o un padre irresponsable que se separa no pasa la cuota para sus hijos, simplemente porque el mensaje dominante es que “la ley no cuenta”, que “no habrá consecuencias si se la infringe”. Si el principal agente represor en los oscuros años de la guerra interna, luego de 100,000 muertes, puede ser más tarde un personaje casi intocable en la política nacional; si cualquier delincuente que pueda pagar convenientemente al juez que lleva su caso puede salir libre; si se venden exámenes y títulos universitarios o si cualquier denuncia de corrupción de autoridades públicas puede arreglarse con algún billete (o con algún sicario), pedir juicio y castigo el 30 de junio tiene un valor ético profundo: las leyes no necesariamente son justas, lo sabemos. Pero si no se acatan, si no nos regimos con ellas, la vida puede pasar a ser un tormento, porque triunfa el más fuerte ¡a los plomazos!
¿Qué asegura que verdaderamente habrá un “Nunca más” y no se volverán a repetir masacres? Hoy día, sin estar técnicamente en guerra, asistimos a niveles de violencia no muy distintos a los peores años del conflicto armado interno. Y las masacres ahora las perpetran los nuevos “malos de la película”: los narcotraficantes. Parece que nada cambió de fondo.
La impunidad no puede generar sino más impunidad. La basura que se mete debajo de la alfombra no desaparece: siempre regresa. Lo mismo pasa con la impunidad: si no hay un mínimo acatamiento a las normativas legales, la violencia no dejará de estar presente. ¿Para qué sirvieron los históricos Juicios de Nüremberg? Para intentar sanar heridas de la guerra; y valga agregar que si pese a todo el esfuerzo acometido en ese escenario, hoy día no dejan de surgir grupos neonazis creídos aún de la superioridad étnica, ¿qué podemos esperar de una sociedad que no castiga sino que premia a sus criminales? Más violencia, más impunidad, y ninguna otra cosa. Ahí están el crimen organizado y las maras para recordarlo.
¿Puede una sociedad como la guatemalteca que sufrió hasta lo indecible con la guerra interna seguir viviendo con impunidad? ¿No hay nadie que se haga responsable de esa “catástrofe social”? Los 15 muertos diarios por hechos violentos que actualmente se contabilizan, o más de la mitad de la población nacional por debajo del límite de pobreza (con otra carga de muertes, no tan estruendosas quizá, pero igualmente letal) son la respuesta. La impunidad genera impunidad, no hay salida.
Estamos más que claros que no es lo mismo el genocidio o la explotación en condiciones infrahumanas en una maquila “pisteando” inspectores de trabajo, o el robo descarado del erario público por parte de funcionarios que la irresponsabilidad de un piloto de bus o que aquél que orina en la calle sin la más mínima preocupación. Por supuesto que son cosas distintas, pero hay un hilo conductor: la impunidad de fondo que las posibilita, las estimula.
Pedir juicio y castigo a los responsables de la recientemente pasada represión (el ejército, que no fue sino el brazo ejecutor de políticas que van más allá de la institución castrense) es sano: es un intento de ponerle límite a la impunidad. No se trata de seguir peleando por pura rebeldía en vez de “dar vuelta la página y reconciliarse” como algunos pretenden. No olvidar lo sucedido, no perdonar las injusticias y pedir el fin de la impunidad es la única manera de buscar una sociedad más vivible, más armónica. En definitiva, el ejército fue quien hizo el trabajo sucio (“En Estados Unidos no hay golpes de Estado… porque no hay embajada gringa”, dijo un militar guatemalteco). No se trata sólo de no olvidar lo acontecido en la guerra: lo importante es mantener la memoria viva de lo que ha sido y sigue siendo esta sociedad edificada sobre la injusticia, el racismo ¡y la impunidad! La ley, en definitiva, aunque parcial y cuestionable, tiene que regir a todas y todos por igual. 

Marcelo Colussi
mmcolussi@gmail.com

3 comentarios:

VINICIO SANTOS dijo...

La interpelacion sexual es la causa de la calumnia de violador sexual masoquista porque recurre al dilema sexual de que me adjudican de taimado con las secuaces fortuitas obsequiosas y traicioneras de las consecuencias atenuantes debido a que me traicionan de la consciencia de resarcirme con la necrofilia voyeurista únicamente para precariarme con el homicidio común. Por tal razón, necesito una ley judicial que me apruebe a mi estado de coptacion con mis secuaces masturbatorias de mi masoquismo voyeurista y porque tambien existen calumniadores que me someten a la necrofilia voyeurista por sojuzgarme de impostor.

Atentamente:
Jorge Vinicio Santos Gonzalez,
Documento de identificacion personal:
1999-01058-0101 Guatemala,
Cédula de Vecindad:
ORDEN: A-1, REGISTRO: 825,466,
Ciudadano de Guatemala de la América Central.

VINICIO SANTOS dijo...

ESTIMADOS HERMANOS DE GUATEMALA Y DEL MUNDO COMO TAMBIEN DEL COSMOS EXTRATERRESTRE:
Solicito la comunicacion de mis clanes aborigenes de mis encarnaciones divinas de las deidades aborigenes del mundo y del cristianismo como tambien de Guatemala y de los extraterrestres a mis secuestradores de las bandas de plagiarios que protegen a mis calumniadores en mi cuenta de GOOGLE y en mi colonia como tambien en mi municipio porque me absolvieron de la calumnia dual de prevaricador y de violador sexual masoquista por una necrofilia voyeurista popular retenida difamatoriamente por mis calumniadores desde el año de 1,992 hasta la fecha actual 2,016 debido a que los tales tambien difamaron a sus protectores de las bandas de plagiarios en contra de la paz del mundo con retenerlos de mis clanes aborigenes donde tambien deterioraron a los casos judiciales de secuestro redimidos macabramente por mis calumniadores pero que yo les dí la verdadera salvacion como tambien absolucion judicial. Mis calumniadores tambien cometieron genocidio sexual a los violadores sexuales por calumniarme como uno de los tales como el último caso a rematarme. Los tales los vapulearon sexualmente desde Agosto del 2,009 hasta Noviembre del 2,016.

Atentamente:
Jorge Vinicio Santos Gonzalez,
Documento de identificacion personal:
1999-01058-0101 Guatemala,
Cédula de Vecindad:
ORDEN: A-1, REGISTRO: 825,466,
Ciudadano de Guatemala de la América Central.

VINICIO SANTOS dijo...

ESTIMADOS HERMANOS DE GUATEMALA Y DEL MUNDO:
Lamentablemente el día de ayer empezamos a perder la paz del mundo debido a que un marero de mi pandilla me odia probablemente por culpa de mis secuestradores de las bandas de plagiarios y por culpa de mis calumniadores, pero especialmente, por culpa del demonio Luzbel que encarno porque ayer se difundió la noticia de que una pandilla de mareros mataron a un marero rival para originar la muerte en el mundo. Los narcos empiezan a delinquir porque perdieron la fe en el Señor Jesucristo debido a que el Diablo me zarandea en las conversiones paranormales de las deidades que encarno, por las cuales, alcanzamos a la paz del mundo, pero con la perdicion de la perpetuidad eterna de convertirme paranormalmente en otras deidades aunque me maten mis secuestradores por las fuertes impresiones de tales conversiones paranormales que requieren de oposicion para convertirme donde a Luzbel no le importo con el marero que me odia entre otros oponentes que tengo. La fe en el Señor Jesucristo ya la perdimos porque el Diablo me zarandea en las conversiones paranormales de muerte por las deidades que encarno hasta que sea un fraude los Dioses. Mis secuestradores me sabotearon con ustedes para especularme perniciosamente de mi comentario anterior porque desean secuestrar a la paz del mundo.

Atentamente:
Jorge Vinicio Santos Gonzalez,
Documento de identificacion personal:
1999-01058-0101 Guatemala,
Cédula de Vecindad:
ORDEN: A-1, REGISTRO: 825,466,
Ciudadano de Guatemala de la América Central.